Pecking Order

Inspirado en la pintura del mismo nombre (2014) de la artista estadounidense Andrea Kowch

POR Sonia Ramón

Febrero 18 2025
Pecking Order, Andrea Kowch, 2014. © rjd gallery

Pecking Order, Andrea Kowch, 2014. © rjd gallery

Debe aprovechar la luz preciosa de este viernes para hacer los ensayos de los platos que le servirá mañana a Ángel Carmesí, uno entre los cientos de nombres que se le atribuyen al hombre de los favores. El viento arrastra hasta ella un olor a hierbas aromáticas que le resulta tan cruel como plácido. Su propio reflejo en la bandeja de plata instalada en la repisa no parece del todo incómodo a pesar de los estragos físicos que ha ido dejándole esta soledad elegida. Virginia no se azota ya por los caprichos de su melena pajiza, trenzada con descuido; mechones saltarines y pelos rebeldes se disparan por aquí y por allá, aunque pretenda atajarlos con el pañuelo rojo. Ahora que han pasado los años, aprecia su mirada extática que en el tiempo del encierro global muchos le criticaron. 

Lleva con alegre dignidad la blusa blanca de lunares negros y no comprende aún cómo es que terminó esa prenda casi nueva en su tendedero una mañana, quizás arrastrada por el sino de un ventarrón. Se ajusta el delantal camel con pequeños círculos marrones, de cuyo bolsillo no se atreve a sacar esa fotografía donde está con el mar de fondo, rodeada de gente risueña que parecía no iba a irse jamás. Con un huevo blanco en cada mano recuerda que debe tomarse la pastilla. No ha pedido la cita con el psiquiatra, será el lunes, con eso no se juega. Encender un cigarro ahora parece una idea estupenda, darle una aspirada vertiginosa, estrellarlo contra la suela del zapato y arrojarlo a la palangana rebosante de colillas y tabacos a medias que ha acumulado durante tres años solo por el gusto de sentirse coleccionista de algo. 

Mañana a las nueve en punto Ángel llegará a desayunar y no le servirá cualquier cosa, debe esforzarse, mostrar con la contundencia de sus recetas que su visita le importa. No ha conocido a nadie más puntual. La única vez que ha venido a verla apareció a la hora exacta con una botella de ginebra importada y un cesto repleto de huevos blancos sobre una base de paño rojo escarlata. Virginia sabe que desde ahora debe reunir fuerzas porque cuando los platos estén vacíos tendrá que hacerle, sin titubeos, la última petición. Decenas de serpientes flaquísimas se deslizan en su estómago al imaginar la escena: ella dirigiéndose a él con las manos bañadas en sudor; él acariciándose la barba con esa sonrisa tan malévola como bonachona que ha provocado en Virginia al menos siete pesadillas. Docenas de posibilidades para el menú se amontonan en su cabeza. Es incapaz de proceder con moderación; desde hace un tiempo se ha inscrito en la tradición de cocineras excesivas y pertenece a un club virtual de compulsivos anónimos en el que ha revelado que sus conductas exageradas la han llevado a desear no haber nacido, anhelar un cataclismo o desaparecer sin más. En la primera reunión, la líder del club afirmó que de los compulsivos son y serán eso que han denominado cielo, Tierra e infierno. El cielo, porque representa el ideal de paz y libertad; la Tierra, porque allí coexisten los momentos de control y paz junto con los de pérdida y recaída; y el infierno, porque en este escenario experimentarán una pérdida total de vigilancia, ahí nadie pretenderá extinguir sus manías. Con la voz entrecortada Virginia confesó una noche ante el grupo que no conoce límites a la hora de impresionar a alguien que ama o cuyo influjo no ha conseguido entender, tal como le ha ocurrido con el oscuro señor de los favores. 

Primera lista mental: huevos revueltos con espinacas, omelette de jamón y queso, tostadas con huevo pochado. Ángel sabrá que esta reunión es para ella la más importante de los últimos tiempos. Huevos rancheros, shakshuka, sánduche de huevo y tocino. La cita con el psiquiatra podría solicitarla el martes al final de la tarde. Quizás lo mejor sea arrojar a la basura la foto con toda esa gente que se ha ido, con ese mar de fondo que tampoco ha vuelto a ver. Frittata de vegetales, huevos estrellados, bagel con huevo. Repetidas veces, de manera virtual, ante el grupo de compulsivos anónimos –una multitud de hombres y mujeres entre veintitrés y sesenta y cinco años que desafían la moderación y el equilibrio– ha confesado su obsesión con los huevos, y la respuesta por lo general es la misma, solo que con la debida variación al final: “Qué encantadora manía, Virginia, eres afortunada, la mía a lo largo de once años ha sido la acumulación de basura”. La lista de compulsiones es infinita: mantener orden estricto, tatuarse, contar números y cosas, hacer ejercicio, revisar puertas e interruptores, lavarse las manos, imaginar y esquivar turbadoras imágenes sexuales, en fin. 

Ángel tocará a la puerta y la mesa estará dispuesta con servilletas carmín, gerberas amarillas y loza blanca, la anfitriona se cuidará de no sonreír demasiado y sus palabras serán escasas pero contundentes. Siente la mirada de Ángel tras la cortina mientras pela una naranja, hunde el pulgar en el ombligo de la fruta y la membrana amarga se aferra al intersticio dedo-uña mientras imagina que de sus manos nace un naranjo de veinte metros. Huevos al horno, tortilla española, huevos benedictinos. Tal vez ha llegado el momento de abandonar el cigarro, de vaciar la palangana, de coleccionar gallinitas de cerámica pintadas a mano, de admitir que la soledad es el mejor camino. Chilaquiles con salsa verde y huevos fritos, suflé con queso emmental, muffins rellenos de espárragos. Ante el grupo de compulsivos anónimos manifestó su creciente ansiedad a la hora de cocinar. Obsesionarse con la perfección no constituye un motivo de orgullo, aunque no puede negar que un plato sabroso y prolijo le brinda una paz mental superior a la de practicar yoga, la compañía de un perro manso o la oración matutina. Virginia no ha sabido a dónde arrojar ese nerviosismo que comienza en la madrugada, la persigue con fiereza al mediodía y se intensifica en presencia de la oscuridad. ¿Qué medidas tomará de aquí en adelante para que los huevos no terminen pudriéndose dentro de los cazos de cerámica, en los rincones del zaguán o entre la paja? Desde que vive sola en el campo precisa huevos, ridículas cantidades de huevos para ensayar cada uno de los platillos que le servirá al hombre que sabe lo que hace. Hay un placer en involucrarse con la materia viscosa, extraer con pinzas los coágulos que se forman en las claras, perderse en el brillo de las yemas color ámbar.

Virginia va hasta el galpón y corretea a las gallinas que le lanzan miradas violentas mientras salen despavoridas. Sin embargo, logra su cometido: que entren a la cocina. Son ocho: cuatro rojas, tres blancas y una marrón con negro. Desde que las trajo hace un año las ha alimentado con maíz, trigo, arroz y verduras. No pueden quejarse, han sido criadas por una humana bondadosa. El corazón de Virginia no ha escatimado en afecto hacia ellas, no permitirá que el amor que guarda se le pudra adentro, como los huevos. Cierra la puerta de la cocina mientras va a toda prisa por los polluelos a los que acomoda en el bolsillo del delantal, sobre la foto rasgada. Son ocho también, cuatro están ya formados, los demás apenas asoman la cabeza húmeda en el cascarón. Regresa para alzar a las aves y acomodarlas en lo que, al menos para ella, es el lugar correcto. Soporta aleteos rebeldes, cacareos destemplados, violentos picotazos; no obstante, logra que se queden en paz sobre las repisas de madera donde dispone también algunos montones de paja. Elegantes y de mejor semblante lucen las aves junto a los platos negros, azules y verdes que Virginia compró hace unos meses en el mercado del pueblo. Una de las gallinas debería estar en la mesa de madera, la deja allí como a una soberana, bajo un nido de huevos rojos; si la abeja reina existe, también existirá la gallina reina. 

Ángel Carmesí vendrá con uno de sus cientos de trajes de terciopelo; se mostrará irónico, un poco cerdo a la hora de masticar, locuaz; hará preguntas cizañeras, se limpiará la boca con el mantel, espantará gallinas y pollos con el estruendo de su carcajada. No hay que olvidar los ingredientes para las bebidas: café negro, leche, champán, jugo de naranja. Huevos blancos y rojos, enteros y rotos sobre la mesa, entre canastas y tazones de cerámica, así como dentro de la refractaria redonda. Con la mirada extática se dedica a romperlos, se sumerge en una marea de claras y yemas, de cascarones chorreados y fuentes repletas. Freír, batir, separar, escaldar. En este reino animal, incluso la fuerza del aroma de las hojas de eucalipto logra extraviarse. Mezclar, hornear, esperar. Los vapores que se elevan de las ollas y las cacerolas la arrastran a una escena del pasado en la que descendía casi ciega por unas escaleras de piedra hacia las sepulturas de sus compañeros de foto, los mismos que amaron el mar con ella, que en silencio y posición de loto hicieron reverencias al sol. Enciende otro cigarro, jodido vicio, le da una aspirada breve, estampa la colilla contra la suela del zapato, la arroja también a la palangana. La cita con el psiquiatra podría solicitarla el miércoles o el jueves. Los cacareos son las voces que ha buscado su corazón desesperado, el sonido del afecto que ya no encuentra en lo que han llamado mundo real.

Entrañables criaturas son los polluelos con sus débiles alas, así como estridentes las gallinas con sus crestas y sus barbillones de un rojo tan reteñido que Virginia podría quedarse contemplándolo el resto del día. Un rojo como el de la Subaru que condujo a lo largo de diez años para ir a la oficina, el mismo tono de las uñas que admiraba su marido polaco de entonces, el de las luces del bar de moda donde se probó a sí misma que no era una mojigata en el sentido estricto de la palabra. Entre náuseas, Virginia anticipa el olor azufrado de Ángel; la amenaza de sus ojos gigantescos, oscuros e inyectados de sangre; la textura de esa barba poseída por la grasa y terminada en punta. Pastosas son las cacas que van dejando debajo de sí gallinas y pollos, de un verde marrón tan precioso como el de aquel sofá de su apartamento esquinero del decimotercer piso, como el de la corbata de aquel gerente al que rechazó por fantoche y misógino, como el del blazer que lució el día de la conferencia “Publicidad del mañana: Inteligencia Artificial y nuevas tecnologías en marketing”. El viento arrastra un olor a hierbas mezclado con caca y mantequilla, la cocina es un escenario posapocalíptico, la luz del sol comienza a desvanecerse. 

Ahora que ha ensayado una veintena de recetas y limpiado tanta rila; ahora que ha experimentado lo que es vivir en el campo, Virginia sabe que el ensimismamiento y el dolor poseen leyes desconocidas que debe revisar y aplicar cuanto antes. El aire frío envuelve la casa, el cielo se tiñe de cobalto y los grillos emprenden su habitual coro. Ángel aparecerá mañana enseñándole las encías sangrantes. Sin mover los carrillos el hombre masticará el tocino frito, pero antes le hablará de sus viejas hazañas en las vías del tren, se referirá a tentáculos, amuletos y protocolos que a ella le perforarán la paciencia. Mañana los platos estarán vacíos y Virginia se lanzará a hacerle la petición, la última, él asentirá con la cabeza, ahuyentará a los animales y se marchará con la panza hinchada a las once y cincuenta y nueve de la noche, convertido en una enorme sombra con alas y pies gigantes. Virginia caerá extenuada, no en su cama, sino en el galpón, sobre un arrume de paja; se quedará con la mirada puesta en las estrellas y sin poder moverse durante tres días. Una sinfonía peculiar y rítmica hecha de cacareos, en una variedad casi infinita de tonalidades y volúmenes, la acompañará los trescientos sesenta y cinco días que le quedan en la Tierra. La cita con el psiquiatra podrá pedirla el viernes, a lo mejor la siguiente semana, ya qué importa.
 

ACERCA DEL AUTOR


Ha sido ganadora y finalista en varios certámenes en Colombia. Algunos de sus textos han sido publicados en el diario El Tiempo, revistas literarias impresas y virtuales en Colombia, México, Venezuela, Argentina, España y Chile, así como en diversas antologías. Desde 2009 se desempeña como asesora editorial independiente. Es creadora de El cuervo en el espejo, un laboratorio de exploración personal, sensorial y creación literaria.